Sociales

"No pienses en un elefante" por Silvia Ramírez Gelbes

07 de junio de 2021

El lingüista norteamericano George Lakoff, autor del célebre libro No pienses en un elefante, cuenta que, en sus clases, expone los principios de la teoría del marco. Les explica a sus estudiantes que las palabras dichas disparan marcos cognitivos, representaciones mentales que se activan en los destinatarios. Incluso cuando se las niega. Porque, sostiene –a tono con el título del libro y de esta columna, tal cual presumo que usted habrá verificado internamente–, mencionar la palabra evoca la imagen. Me refiero en particular a que el título del libro hace pensar en un elefante, algo en lo que ni usted ni yo jamás habríamos pensado aquí si no nos lo hubieran prohibido.

El profesor Lakoff ilustra sus clases con un ejemplo famoso. Cuando Richard Nixon, 37° presidente de los Estados Unidos, debió dimitir en 1974 a causa del resonado caso conocido como Watergate, se presentó ante los medios masivos. Y pronunció una frase que lo incineraría: “No soy un delincuente”. Como era de esperar, todo el mundo pensó que era un delincuente. No pienses en un elefante.

En los últimos días, líderes destacadísimos de las dos coaliciones más secundadas por la ciudadanía argentina cometieron, a mi parecer, errores de esta categoría. Un ex presidente y el presidente actual. Permítanme explicarme.

En la mesa de Mirtha Legrand en la que hoy su nieta ejerce de anfitriona por televisión, el ex presidente Mauricio Macri reveló que, durante 2018, gracias a la sequía y a las “catorce toneladas de piedra” –según repitió un par de veces– que le arrojó la oposición de entonces para perjudicarlo, se sentía agobiado. Por eso, todos los días, ya en Olivos –dijo–, “yo llegaba a las siete u ocho de la noche, cerraba todo y me olvidada. No prendía la televisión, ponía Netflix y no quería saber nada hasta el otro día a las siete de la mañana”.

Para alguien a quien califican en las redes de “domador de reposeras”, desconectarse por completo –y más en épocas de crisis, como él mismo rotula ese tiempo– mientras se ocupa un cargo de tamaña responsabilidad parece un sincericidio innecesario. Quiso hablar de su templanza y habló de su indiferencia. No pienses en un elefante.

Hace unos días, en una entrevista que se transmitió por streaming, con el influencer Pedro Rosenblat, el presidente Alberto Fernández enfatizó que la relación con Cristina Fernández es muy buena. Que se llevan mucho mejor de lo que cree la mayoría. (Es vox pópuli que existen internas en la coalición gobernante y entre las dos personalidades que ocupan los cargos más altos de la República).

“Hay toda una historia de que Cristina viene acá y me pega cuatro gritos y yo salgo sumiso a hacer lo que dice Cristina. La verdad, no soy tan sumiso”, dijo. No soy tan sumiso. Soy sumiso, pero no tanto. Aunque no haya tenido la intención de decir eso. No pienses en un elefante.

Desplegada la crisis como marco, admitir que un mandatario se desconecta del problema genera una sensación de inseguridad. Desplegada la lucha de poder como marco, admitir que un mandatario se somete genera una sensación de incertidumbre. En un raro tiempo como el presente, justo cuando hacen falta protecciones y certezas, segmentos como estos, y más aún insertos en discursos confrontativos (pueden buscarse en internet), no parecen inspirar a la ciudadanía.

Pero a contrapelo de estos acaso desatinos individuales, relumbró, el fin de semana, un rayo de esperanza. En la entrevista que María O’Donnell y Ernesto Tenembaum le hicieron a Esteban Bullrich por el canal de la CNN en español, Bullrich –Esteban– contó que Cristina Fernández lo había llamado para solidarizarse con él por su enfermedad y que él se emocionó con ese gesto. Que dialogaron cordialmente sobre cómo ayuda la fe a crecer.

Nuestra vicepresidenta tuvo la generosidad de no difundir ese llamado. Y el senador Esteban Bullrich tuvo la generosidad de comentarlo públicamente. Una generosidad, la de ambos, que trasciende la grieta y los marcos equívocos. No sé a usted, pero a mí me dan ganas de decirles a quienes nos dirigen: “Es por ahí, gente. Por ahí”.

 

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