Gestión Pública

La transformación impostergable

10 de febrero de 2020

Por Gabriel Alejandro Orozco*

“Cosas veredes, amigo Sancho, que non crederes que farán fablar las piedras”

La experiencia cotidiana en ocasiones supera la ficción. La sensación de encontrarse ante el desconcierto ocurre continuamente frente a los nuevos flujos del orden internacional, cuyas características más visibles son su rapidez, intensidad y complejidad. Las fuerzas que los guían son las tecnologías disruptivas, una sociedad en red, ecosistemas distorsionados y una actividad política polarizada. Como nexo para potenciar los beneficios, aplacar las amenazas y reducir las incertidumbres, se encuentran los Estados. Sin embargo, al igual que el resto de las instituciones, se ubican en una lucha por la supervivencia y la codificación de un nuevo contrato social. En la base de las tendencias están la expectativa y calidad de vida de la población.

Un panorama exponencialmente distinto

Desde finales de la Guerra Fría, se ha desatado una transformación nunca antes vista. Ella ha traído beneficios, como el aumento de la productividad, en la calidad de vida y el acceso a la información. Sin embargo, también ha significado retos como la robotización del trabajo, una menor privacidad y el ciberterrorismo. Asimismo, este contexto ha profundizado desafíos geopolíticos, ambientales y sociales. Para Manuel Castells, la conectividad ha hecho que la sociedad red se convierta en la estructura social dominante, creando ámbitos para la democratización, la eficiencia y subordinación. Por otra parte, el Foro Económico Mundial vislumbra un futuro cada vez más fragmentado digitalmente, conflictivo económicamente y polarizado políticamente. El factor ambiental es crucial, pues los riesgos ambientales han ocupado los primeros lugares en cuanto a su factibilidad e impacto.

Este escenario demanda un régimen que gobierne los procesos y se adelante a los acontecimientos. No obstante, como afirma Moises Naim, “en el siglo XXI el poder es más fácil de conseguir, más difícil de usar y más fácil de perder”. Es así como los gobiernos delegan funciones, se ven desplazados por redes interdependientes y deben competir con empresas y la sociedad civil por un lugar en la vida de los ciudadanos. La carrera por la supremacía social está más vigente que nunca.

Modelos para armar según el contexto

Las prácticas para adaptarse y comandar las corrientes de cambio son diversas, no están exentas de polémica y todavía no están difundidas en todos los rincones del mundo. Sobre este terreno, pueden identificarse casos resonantes a nivel local, nacional e internacional que permiten aprender de las experiencias pasadas y comenzar a hablar de Estados 4.0.

En el campo doméstico, el gobierno argentino ha experimentado con herramientas de gobierno electrónico desde inicios de la década del ‘90. A pesar de ello, la digitalización de su función pública es reciente y todavía no está totalmente consolidada. A nivel del gobierno federal, el portal COMPR.AR es parte de una estrategia que busca fomentar la transparencia y eficiencia en las contrataciones públicas. A nivel de los distritos, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires cuenta con el

portal BA Data, el cual brinda información pública en formato abierto para que ciudadanos, funcionarios, ONG’s y emprendedores añadan valor a los datos metropolitanos. En la interconexión entre gobiernos se encuentra el Ecosistema de Ciudades Innovadoras, un programa que busca capacitar y compartir experiencias en innovación y digitalización entre líderes municipales.

En la órbita internacional, las instituciones públicas demuestran ser capaces de convertirse y liderar iniciativas que abren el camino a la difusión tecnológica, la solución de problemas sociales y la construcción de un futuro sostenible. El ejemplo más claro es Estonia, país que desde su independencia de la Unión Soviética se ha volcado a montar una sociedad conectada y demandante, un sistema institucional digital y transparente, así como una infraestructura flexible a la evolución. Más recientemente, Estocolmo ha desarrollado políticas de eficiencia energética, infraestructuras integradas y movilidad sostenible que le han valido ser la ciudad más inteligente del mundo. Asimismo, el gobierno chino utiliza herramientas de big data para monitorear a sus ciudadanos, evaluarlos y asignarles puntuaciones como una forma de premios y castigos en cuanto a su acatamiento de las normas.

¿Qué nos depara la nueva frontera?

En vista de estas contradicciones, se han empezado a delinear hojas de ruta para cada nivel de gobierno. Es así como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD) promueven buenas prácticas, asesoramiento y guías en la digitalización. Además, dentro del Foro Económico Mundial se han ideado los principios para un gobierno ágil en tiempos de disrupción, que buscan “apoyar los desarrollos tecnológicos sin sofocar la innovación mientras mantienen el interés de los consumidores y el público en general”. En esta línea, la Academia de Gobernanza Electrónica (eGA) produce y comparte conocimiento sobre digitalización a distintos gobiernos a través de formación de funcionarios, investigación y vinculación entre proyectos.

Dicho lo anterior, se pueden señalar algunas recomendaciones basándose en estudios como los del Banco Interamericano de Desarrollo. Para adaptarse y protagonizar el siglo XXI, es preciso contar con instituciones sólidas, flexibles y con capacidad de coordinar a todos los actores en la transición. Otra necesidad es la de líderes reconocidos, con capacidades probadas y con el apoyo suficiente para conducir la evolución. Por otra parte, el proceso requiere una ubicación estratégica en la gestión y una planificación consensuada e integral. Seguidamente, se necesita un nuevo contrato social proactivo a los cambios, flexible y que goce de la confianza ciudadana. Finalmente, la revolución actual demanda un modelo de gestión ágil, que aprenda de la práctica y enfocado en la población.

Como puede observarse, la tarea de producir bienes y servicios, garantizar derechos y defender la soberanía, son funciones que se ven cada vez más complementadas por otras ligadas a la confianza, la calidad de vida y la seguridad. En este marco, existen proyectos estratégicos que sólo pueden concretarse con una gestión conjunta público-privada. Ello conlleva a redefinir la estructura, fisonomía y desempeño del Estado, así como su relación con los ciudadanos. Los Estados puedenconvertirse, en este proceso, en sujetos desplazados por otros agentes sociales, instituciones al servicio de los ciudadanos o en auténticos totalitarismos al estilo de George Orwell. Por lo tanto, los desafíos presentes y futuros son forjar ecosistemas de soluciones, regular los cambios con base en consensos sociales y establecer “redes de contención” para que todos tengan la oportunidad de beneficiarse.

* El autor es Licenciado en Ciencia Política y de Gobierno (UCES) y estudiante de la Maestría en Política y Economía Internacionales (UdeSA).


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